No es el final lo que importa, sino el tránsito que nos acerca a nosotros mismos


Sobre Devenir y de ir, la intervención de sitio específico de CRUDA – colectivo de artistas

Pocas son las certezas que tenemos en nuestra vida. Hay una, difícil de nombrar, que resulta universal. Todo ser vivo debe saber que morirá. En el revelador Libro tibetano de la vida y de la muerte, su autor, Sogyal Rimpoché, entre otras hermosas verdades vinculadas al fin de la vida, señala que el gran problema de Occidente es que no hemos producido cultura de la muerte. No tenemos canciones, poesías, arte que hable positivamente de este periodo final de la vida. Ni siquiera nos animamos, artísticamente hablando, a mirarla a los ojos. ¿sería distinta nuestra relación con ella si hubiera existido desde siempre una cultura en torno a la muerte? Probablemente, sí.

Como sociedad global, nos hemos empeñado en negar el fin de la vida, en burlarla y escondernos en los pliegues del tiempo para que no nos encuentre –con la ilusión de que eso podría suceder–. Desde la noche de los tiempos, los grandes hombres han destinado riquezas y recursos humanos para la construcción de mausoleos y edificios que deberían sobrevivirlos y de esa manera sortear el destino ineludible de todo ser vivo. Curiosamente, son los hombres –el género masculino– los que se dedican a la realización de estos monumentos para ser recordados. A las mujeres, sin embargo, las reglas tácitas de las sociedades nos pusieron a realizar otro tipo de tareas, fundamentales de la vida, pero cíclicas y que no dejan huellas. Podríamos llamar a la tarea masculina monumental, por su naturaleza ilusoria de perennidad, y la femenina entrópica, por su tendencia al caos y la repetición como engranaje implícito.

Justamente, es un grupo de mujeres artistas –CRUDA, se llaman– las que reflexionan sobre esta problemática y, haciendo eco de la actividad entrópica, se ocuparon de garantizar la continuidad de un ciclo. ¿y cómo lo lograron? interviniéndolo. A sabiendas de la futura desaparición de un edificio –algo cada vez más frecuente en nuestras ciudades gentrificadas–, CRUDA decidió tomar prestado el lenguaje de la demolición pero para que éste sea un medio en sí mismo. Un camino de escombros e incertidumbres, un puente frágil, invita al visitante a un recorrido de señalamientos poéticos reconstruyendo un ciclo con final abierto.

CRUDA está integrado por Silvia Brewda, Ariela Naftal, Rut Rubinson y Rita Simoni. Se trata de cuatro artistas de amplia trayectoria y poéticas propias, por momentos, coincidentes y, por momentos, complementarias. Más allá de las estrategias visuales que cada una de ellas viene profundizando en sus trabajos –desde el grabado, hasta la instalación de sitio específico, pasando por el video y la performance–, este colectivo nace ante la necesidad del contexto histórico, la urgencia por reunirse, por avalar aquello de que “la unidad hace a la fuerza”. En el contexto de DEVENIR y de ir, CRUDA intervino un ciclo inmobiliario clásico (demolición-construcción) para instalar una narración provisoria, una suerte de rito de pasaje en formato de palimpsesto.

Nos recibe un espacio que no debemos confundir con la puesta en escena de un pantano, si no con su concreta actualización: se trata del magma primigenio, rodeado de vegetación local, como pura potencia de lo vivo en co-participación creativa con Rita Simoni, que en lugar de re-crearlo, lo canalizó habilitando para el espectador la experiencia vivencial ende un viaje en el tiempo al comienzo de la vida. El camino continúa cuando dejamos atrás a un pasado remoto, sin más presencia que los elementos naturales y el agua, para encontrarnos con los primeros vestigios arqueológicos de una posible sociedad del pasado de un futuro –nuestro futuro. Diagramas, análisis, deconstrucción y formas sin aparente significado son los elementos que vemos en esta obra de Ariela Naftal. Es el escenario de un acto en apariencia detenido instantes antes de que ingresemos, donde todavía parecen frescas las huellas de su protagonista y sus propias especulaciones nos interpelan desde el muro. Sólo a espaldas de esas anotaciones desplegadas brilla con una naturaleza esquiva –entre la joya o el macguffin– la posible respuesta que tal vez nunca nos demos vuelta a mirar. Si seguimos por escombros secretamente iluminados y pasillos estrechos con aperturas abiertas como a mordiscones, nos interpela la precisa y sutil instalación de Rut Rubinson. Fiel a su poética, se dedicó a restarle léxicos a la gramática de la demolición y nos pone frente a un gesto mínimo, minimalista, pero no por eso menos caliente, intrigante, extraño. La obra que ilumina, en tándem con una serie de espejos, parece hacernos la íntima –e incómoda– pregunta: “y a vos, ¿qué te hace latir el corazón? ¿qué corre por tu sangre?”. Inmediatamente después, como un alivio, como una caricia, el espacio se abre de manera intrincada y ligera al mismo tiempo como dando permiso a imaginar y soñar al compás de las figuras que danzan en medio del espacio. La instalación de Silvia Brewda es una apuesta al poder poético, al imán de sentidos, de la abstracción. Es una trama tridimensional que emerge sugerida por horadaciones, sombras y suspensiones. Se ve, por lo que no se ve en una lograda materialización los juegos lumínicos y de transparencias producidos entre el ojo, los espejos y los huecos del papel.

Esta magnífica obra busca rehabilitar un espacio invisibilizado y desfuncionalizado, que se abrirá a nuevos usos, a nuevos visitantes  y a una serie de acciones culturales programadas para darle vida nueva aunque más no sea por unas semanas. 

Como un palimpsesto, escrito sobre lo escrito, la intervención que la experiencia de CRUDA propone, se suma a los ciclos ya vividos por el espacio. Siguiendo aquella idea de la labor entrópica —antes que perenne— de la sensibilidad femenina, las artistas, en reconocimiento de nuestro breve paso por este mundo, se acoplan a una energía que ya venía circulando de esa manera. ¿Por qué, acaso no es esta una era propicia para la reutilización, el reciclado, la vuelta de tuerca, antes que la creación ex-nihilo y el abuso de recursos? Nos referimos con esto a que CRUDA interviene un ciclo, con su propio lapso de tiempo, dentro de otro mayor. Porque somos polvo de estrellas, de ellas venimos y a ellas vemos y antes de que las artistas llegarán para producir la alquimia del arte, el edificio que intervinieron era un Hotel Alojamiento, que antes fue un chacra a la vera del Arroyo Vega, que antes fue un pantano sin hombres ni bestias, que antes fue ¿materia? ¿sueños? ¿deseos?

Mariana Rodríguez Iglesias
(Lic. Artes, curadora, educadora)
Palermo, verano 2016

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