bitácora TRAC – Cecilia Arthagnan


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Premios CCEBA + INJUVE de arte y diseño joven
12 de Agosto al 12 de Septiembre 2010
Palais de Glace

Hoy a la mañana tomé el 60 en la puerta de mi casa en el barrio de Recoleta. Un recorrido de 5 a 7 minutos. Después, volví a tomar el 60, ahora un tiempo de 15 minutos. De mi trabajo caminé hasta el Palais de Glace unos 5 minutos para ver Efervescente.

En el título ya se vislumbra cierto ánimo de aunar bajo un solo concepto diferentes producciones de artistas jóvenes argentinos y españoles.
Ingresé y el diseño museográfico de los paneles naranjas te impiden ver otra cosa que no sea las lámparas que penden de la cúpula.  Del centro hacia los costados se despliegan las diferentes producciones de los artistas.
Reconozco que no tuve la suficiente paciencia para detenerme en cada una de las obras, sin embargo, a la vez nada me generaba algo que mereciera la pena mirar con detenimiento. Salvo por Nicolás Balangero y la reflexión sobre su propia práctica artística y Ana García Pineda con Máquinas y maquinaciones todo seguía en la misma tónica de desinterés.

Hasta que me topé –casi dando la vuelta- con Sistema de caminos de la argentina Florencia Levy. Su obra me pareció original desde el momento en que ingresé al espacio: un espacio que recibe e invita a acercarse y leer, ¿y esas frases de donde salen? ¿Quién las dice? ¿los dibujos? ¿las plantas? Agarro los auriculares y escucho a Patricio que cuenta el recorrido que hace con el colectivo 65 hasta Barrancas de Belgrano y ahí la línea Mitre hasta Carupé, en el partido de Tigre donde da clases en la universidad. Después aparecen Ana, Bárbara, Victoria C., Tomás, Victoria E., Lucía, Adriana, Estefanía, Pablo, Daniel, Soledad, Ariel, Marcelo, Agustín y Sebastián. Cada uno de ellos es entrevistado mientras realizan los recorridos habituales en tren, en auto y/o a pie,  y las diferentes miradas se hacen patentes en los detalles que cada uno elige contar. Algunos hacen hincapié en los recuerdos que esos recorridos les evocan, otros imaginan historias, otros no prestan atención.

El viaje cotidiano es algo que nos atraviesa a todos: todos nos trasladamos de un lugar a otro, con más apuro o menos,  con más o menos comodidad, pero todos nos movemos. Una compañera de trabajo me decía que los celulares habían invadido ese espacio de transición que es el viaje. Uno esperaba llegar al lugar para concretar los asuntos y se dedicaba a cierto unplugged mental, que en mi caso está dado por la pura observación. Sin embargo, a pesar de los celulares, esos tramos preservan ese espacio de indeterminación, como de suspensión y hasta de paréntesis en la vida diaria. Como si en la sucesión de cosas pusiéramos pausa y volviéramos a activar el mecanismo cuando se llega.

Ese espacio de transición de un lugar a otro permite el vagar de la mente como establece el budismo: los pensamientos pasan como las nubes, y durante un viaje en colectivo, tren o subte esas nubes se cristalizan en las caras de la gente, en los árboles, en los negocios, en las fachadas, en los vendedores ambulantes, en las conversaciones ajenas y uno salta de cara en cara, de estación en estación, de parada en parada, dejando todo atrás. El famoso fluir de la conciencia.
Esta obra de Florencia Levy despierta miles de sensaciones y por suerte es un working progress que permite tener la ilusión de seguir conociendo modos de ver.

Ahora camino unas 7 cuadras, me tomo el subte D y hago combinación con la B. Bajo en Triunvirato y llego. Alrededor de 40 minutos.

Cecilia Arthagnan

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