bitácora – Silvina Pirraglia


El miércoles empezó siendo un día plagado de malas decisiones. Veintisiete grados centígrados y yo con botas y camisa de manga larga. Fui al Pago Fácil y de fácil nada porque había una cola infernal y encima olvido la boleta en cuestión. La lista continúa. Pero tomé coraje y en un intento por cambiar mi suerte, me trasladé hacia Palermo para emprender la misión bitácora.

Braga Menéndez era el destino aunque no tenía ni la más remota idea de quién estaba exponiendo. Me bajo del taxi en la esquina en la que Milo Lockett montó su espacio. Y decido que antes de Braga Menéndez empiezo por ahí, y por qué no Elsi del Río y después mi destino final. Entonces toco timbre en Milo Lockett y lo veo al mismísimo sentado en unos sillones con una señorita que parecía ser periodista pero hasta ese momento yo sólo leía los labios porque nadie me abría la puerta y es que sólo se abren cuando están cerradas…No es la primera vez que me pasa y que me siento realmente tonta. Entonces esa tontera deviene en torpeza y se me da por murmurar cosas y el ingreso a los recintos se tiñe de incomodidad…La estoy haciendo muy larga. Por alguna razón, o por ninguna, hago una revisada rápida, previo saludo a Milo, quien responde como quien está agradecido por la visita al boliche recién inaugurado. En Elsi del Río expone Richard Sturgeon. Y no me pasa nada. Las fichas las tengo puestas en Braga Menéndez. Y no me equivoqué. Hay tres muestras en simultáneo: Lucía Maman, Victoria Musotto y Andrés Sobrino.   Ni bien ingreso, las caras inmensas de Lucía Maman se me imponen por completo. Me miran como chorreadas, cansinas, a los ojos, de frente. Son gigantes, intensas, como en la paleta de Egon Schiele.  Acto seguido me topo con la obra de Victoria Musotto y me la imagino jugando a ser Pollock, como quien entra a la obra por un mismo lugar: metiendo el cuerpo y salpicando. Pero después encontrando formas deliberadas en medio del caos aparente. Su obra parece la explosión en mil pedazos de un cartel de neón.

En el piso de arriba está Andrés Sobrino. Soy la única en la galería y siento que puedo tomarme el tiempo que quiero. Nadie me apura. Pienso “si Musotto es punk, Maman es un flamenco furioso y desesperado; Sobrino es algo más emparentado a la música dodecafónica, Schoemberg”. La obra de Sobrino es casi lo opuesto a lo que vi en las mujeres de abajo. Es mesurada, controladísima, super geométrica y perfeccionista. De una rigurosidad genial. Pareciera mostrar una lógica que no quiere ser descubierta.

Pienso en las mujeres artistas y su producción actual. Y en el comentario de Marian respecto de la obra de Celeste Martinez (Maladie), y en esto de que son más punzantes a la hora de poner el cuerpo como materialidad. Algo de eso noto en la obra de Lucía Maman.

Subo a la trastienda, me alegra ver un León Ferrari y volver a encontrarme con la obra de Maman. Ahora, en versiones de mujeres en la desesperación que no encuentran consuelo. De fondo, suena una conversación telefónica (femenina):

-“Ana María querida”

-(…)

-“…mamá no me regales nada para mi cumpleaños…nada de lo que elegís me gusta. No me compres un jean, estoy gordísima (…) Si querés, podés colaborar para arreglar el techo”

-(…)

-“…no entiendo lo que me estás diciendo…¿¿Qué quién te dijo que parecías una mosca verde??

– (…)

– “Ojalá Felipe no me tenga que padecer como yo te padezco a vos”

-(…)

-“Te quiero, Ma. Besos”

No puedo evitar tirar una carcajada y se me suma un chico simpático que trabaja en la galería. La mujer protagonista de la charla telefónica se presenta como Flor Braga. Empezamos a compartir anécdotas de madres y suegras. Me pregunta a qué me dedico. Le cuento muy rápidamente, como quien quiere esquivar la pregunta. Y me dice que cantar es la profesión más hermosa que una persona puede tener. Le termino recomendando una profesora de canto para su hijo Felipe y me cuenta un poco la historia de la discapacidad visual que él padece, de la fundación que ella preside, del Cáncer que le diagnosticaron, de que está aterrada porque su hijo todavía no volvió a la casa y teme que se haya tomado cualquier otro colectivo. A esta altura de la charla ya me cae muy bien y quedo capturada por la situación y toda la obra que me rodea. La poca luz que entra de afuera le da a la escena un aire de tiempo pretérito, como de relojero. En el medio de la charla, les confieso que me alegra estar ahí. Me arrepiento inmediatamente el confesarles que no me gusta la obra que había visto en Elsi del Río, pero no se los digo así. De mi boca sale la palabra “decepción”. ¡No, no era lo que hubiese querido decir y no está bueno hablar negativamente de los colegas del otro! Por una milésima de segundo me siento torpe nuevamente, como cuando entré a Milo Lockett. Y si hubiese tenido un vaso cerca seguro que lo tiraba y tenía que disculparme e ir a por una Ballerina.

Le doy mis datos al compañero de Flor Braga. Deletreo mi apellido y Flor me dice “volviste a decir P, de pato. Y le digo que siempre confunden el comienzo con una T. Nos agradecemos mutuamente el habernos conocido. Me despido de ellos y Flor me recomienda que cuide el matrimonio: “nadie da este tipo de consejos pelotudos, pero yo creo que es importante. El amor es todo”.

Ahora no puedo volver a hablar de la obra de nadie. Mientras escribo lo veo a Simón que se sube a su triciclo y me dice “mamá, el ten”.

Silvina Pirraglia

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