reseña – Louise Bourgeois por Jusa Oñero


Nunca antes la Fundación Proa estuvo tan custodiada como con esta monumental presencia. Fría, amenazante, la enorme araña funciona como un anexo arquitectónico, una especie de portal o preámbulo anunciando que adentro viven varios de sus numerosos hijitos, para quien se atreva a visitarlos. Es así que para entrar al Proa esta vez hay que pasar por dos puertas, corriendo el riesgo de quedar atrapado en una de ellas, que es esencialmente una trampa. Esto es así ya que si bien la obra invita al ejercicio lúdico del recorrido circular, el hecho de entrar, salir, mirar hacia arriba, descubrir los huevitos, tocar sus patas, sacarse fotos divertidas, en el fondo sabemos que con un movimiento fugaz el juego se transformaría en pesadilla. La gigante de acero es tan seductora e imponente como peligrosa.

Una vez adentro, la obra de Louise Bourgeois se me aparece como un gran organismo definido por una multiplicidad de materiales. Vidrio, madera, aluminio y tela apelan a la memoria sensorial del espectador y conviven en el singular espacio simbólico del inconsciente. La artista parece estar guiándonos en una especie de tour freudiano donde emergen penes, arañas, pechos y trozos de carne. Pero lejos de ser tan solo un grito catártico, estas piezas son engranajes del gran rompecabezas que constituye el sujeto fragmentado. Los retazos de tela se complementan con escritos que en ocasiones completan las figuras escultóricas y son a mi modo de ver, parte clave de su obra.

La muestra operó en mí como un disparador inagotable de asociaciones. La mirada de Duchamp emerge en varios sentidos, desde el uso del título como anclaje referencial hasta la interpretación mecanicista de los dibujos que me retrotraen inevitablemente al Gran Vidrio y también la idea del voyager planteada en el Cuarto Rojo. Allí el espectador activo debe descubrir la intimidad de la habitación donde simultáneamente entra al mundo privado de la artista. Además está presente la imaginería surrealista, los rostros baconianos y los gritos sordos de Munch, así como también el recurso de la exaltación del material planteada por artistas como Joseph Beuys.

Mientras algunas obras platean incógnitas desde la puesta en escena de elementos simbólicos (“Consciente e inconsciente”), otras son equivalentes plásticos de cuestiones psicoanalíticas como por ejemplo “La destrucción del padre”. En ambos casos la artista fluctúa entre lo expuesto y lo oculto, ya sea desde la connotación subjetiva de la obra o la denotación de los materiales. Lo frío, lo cálido, lo vacío, lo lleno, el placer y el dolor son los ingredientes del juego de tensión y liberación, subyacente también en la terapia. El espacio vedado del inconsciente tiene su correlato en la habitación que aprisiona los recuerdos de la infancia, o en el espacio interno de la obra “Madre” donde somos nosotros, los espectadores, quienes transitamos esa estructura de acero que nos provee de habitación, al igual que a los propios huevos, pero con dudosa salida. En esa dualidad constante conviven las obras de Louise Bourgeois, una artista que sabe que el mismo lugar apacible de contención y calidez puede ser también una monstruosa cárcel.

Jusa Oñero

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