Bitácoras TRAC – Ana Schwartzman


Ir a al Recoleta es siempre una experiencia que no puede anticiparse. Es difícil saber de antemano con qué te vas a encontrar cuando salís de tu casa y te dispones a ir.
Esto me pasó ayer. Con la intención de escribir mi bitácora para Track me tomé el fastidioso 93 y fui al CCR. Cuando llegué las luces del pasillo estaban apagadas y una cinta evitaba el acceso. Lo primero que pensé, obviamente, fue qué cosa con estos lugares en los que nunca sabés si vas a conseguir lo que buscas, incluso si vas en horario! Pero después caí en la cuenta de que me había acordado tarde de hacer mi tarea y que las muestras ya habían sido levantadas y que ahora se estaba montando el festival Ciudad Emergente. Sin resignarme, entré en el patio y vi las dos muestras que todavía estaban en pie.
Cruzando una puerta de vidrio que simulaba ser una gran mancha de pintura entré en la muestra de Cristina Santander. No conocía ni a ella ni a su obra, cosa que cambió en dos segundos: la artista y un grupo de señoras recorrían la sala y comentaban sobre las obras que colgaban de las paredes.
Entre un “esto es esto y esto otro es aquello…”, Cristina relataba lo que teníamos delante. Dibujos en técnica mixta, collages, grandes bloques de acrílico con  burbujas y cosas adentro… Gran despliegue, luces, colores y reflejos. Las formas recordaban a figuras oníricas, mitológicas y hasta esotéricas. Nada implícito, todo contado por los cartelitos pegados al lado de las obras y la voz de Cristina que estaba vestida del mismo tono que sus cuadros.
Pensando en como iba a llenar una hoja en blanco, me acerqué a la puerta y empecé a escuchar un sonido retumbante. Latidos de corazón que llamaban desde algún lado, que quizás querían delatar algo. Los seguí y pronto me encontré en otra sala, con un clima totalmente distinto, obras completamente diferentes y silencio, silencio con ruido a agua cayendo y corazón latiendo.
En la muestra de Eduardo Rodríguez no había ni dorados, ni burbujas, ni minotauros. El movimiento, los juegos ópticos y objetos móviles estaban montados todos bien pegaditos contra la pared, era fácil recorrerlos. Las figuras evocaban formas orgánicas pero su soporte era industrial, una contradicción que a menudo nos es fácil detectar. El corazón seguía latiendo y el agua cayendo agregándole misterio al asunto, un misterio que se condensaba todo en una cortina negra.
La abrí con cuidado porque no sabía qué podría haber detrás (no se olviden que había un corazón latiendo y el cuento de Poe no daba buenos augurios).  Para mi sorpresa, me encontré con lo que más disfruté: unos haces de luces que se movían y creaban una atmósfera efímera que rompía con la blanca pared. Pero lo que más más me gustó fue imaginarme que en el 68 estás proyecciones fueron experimentadas por aquellos genio-locos que se juntaban en el Di Tella.
Ya yéndome y pensando en estas líneas, me decía: el Recoleta tiene el gusto de lo inesperado. Es difícil saber con qué vamos a encontrarnos y en su gran apertura y diversidad es más difícil aún que no encontremos algo de aquello que estábamos buscando.

Ana Schwartzman.

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